domingo, 25 de mayo de 2008


El Alzheimer es una enfermedad que, a pesar de los avances científicos vividos en la última década, sigue rodeada de una gran cantidad de incógnitas. Incógnitas que no sólo surgen al analizar sus causas, sino que también se derivan de las estrategias trazadas para su curación. Dudas que han provocado la aparición de convenciones erróneas e incluso tabúes, como asociar su origen a toxinas medioambientales, a los malos hábitos o a causas psiquiátricas o contagiosas. Hoy en día, nuestro conocimiento sobre ella apenas sobrepasa el hecho de calificarla como una enfermedad neurológica progresiva e irreversible que deteriora el cerebro. En cambio, y por desgracia, sí conocemos y sufrimos las consecuencias que lleva aparejadas. Unas secuelas que se extienden a lo largo de un periodo de vida que oscila entre los 2 y los 20 años y que acaba derivando irremediablemente en el fallecimiento del afectado. Sus secuelas no sólo afectan al organismo y condicionan la calidad de vida del enfermo que padece un deterioro de sus funciones intelectuales, sino que trasciende al entorno familiar, provocando por un lado un gran desgaste emocional entre aquellos que lo cuidan y por otro generando un enorme coste económico y social a la comunidad que asume su prevención y tratamiento. La OMS estima que actualmente en todo el mundo existen entre 17 y 25 millones de personas con la enfermedad de Alzheimer, lo que representa el 70 por ciento del conjunto de las enfermedades que se producen en la población geriátrica. Este porcentaje situa a esta enfermedad como una de las patologías más prevalentes del grupo conocido como enfermedades degenerativas del cerebro

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